Un lugar para conocer la mística cisterciense en sus más variadas manifestaciones (las tradicionales: monásticas, caballerescas-Temple y otras órdenes de caballería- y las más actuales: laicales y el zen cristiano) abierto a tod@s los que sienten interes por ella o desean encarnar en sus vidas este carisma tan plural.

martes, 23 de febrero de 2010

Císter y Europa, fragmento de un artículo de Juan Mª de la Torre, monje cisterciense.





Podemos preguntarnos: ¿cuál es la huella esencia e imborrable que la Orden cisterciense, en su momento de mayor pujanza, dejó en la naciente Europa de las Naciones? El mismo sentido de la civilización europea de la vieja polis helénica, eso sí, en un enmarque medieval. El hombre es un ciudadano, educado para la libertad, que debe desarrollar sus potencialidades de madurez en un clima propicio.

Por encima de las regiones y de las variedades de lengua y religión, el europeo deberá mantener un diálogo continuo con la cultura y las creencias de los demás, buscando sinceramente la verdad, como llevó este intercambio en los primeros cistercienses medievales a mantener contactos con la escuela judía de Rashi para encontrar la mejor verdad en los textos bíblicos, o como hubo contacto con la cultura islámica en determinados lugares en lo referente a elementos artísticos de edificación.


Sin la Orden cisterciense los reinos europeos no habrían conocido el vivo impulso de crecimiento en la economía, el comercio, las técnicas; y sobre todo no habrían sido marcados con ese sello pluricultural en la unidad de la persona.


La Europa actual tendrá que desfragmentarse y encontrar la armonía de sus proporciones en un sano equilibrio entre su infra-estructura y su supra-estructura de valores y creencias en un sistema de relaciones libres entre individuos, fruto de una herencia común que deberá someterse a una constante valoración y control colegial, nunca la irracional totalitaria. Pero esto ¿será posible sin un reencuentro con el misterio de la trascendencia meta-estructural? Es la forma de revitalizar la civilización de la vieja polis ateniense, el alma de Europa.

Juan Mª de la Torre
Monasterio de Armenteira

domingo, 21 de febrero de 2010

Premisas de Fraternidad (aportación al diálogo ecuménico e interrreligioso)






1. Aceptación
Necesito aceptar la existencia del otro.(*) Esto, no solo en cuento ser – que percibo ahí, delante de mí – sino también como modo particular de estar en el mundo – el otro está ahí siendo de cierta manera – Esta manera de ser el otro, es una de las manifestaciones posibles en que se da la existencia.

2. Incondicionalidad.
Para que esta aceptación sea plena no debe estar condicionada a las variaciones que sucedan en aquél modo de manifestarse el otro – aceptar no implica adherir a su particular manera sino admitir el derecho a su existencia particularísima – La aceptación de la existencia de los demás no debería estar sujeta a vaivenes, es dar a los otros el derecho a la vida.

3. Proceso.
Considerar que la otra persona no solo es y de cierta manera sino que va siendo – Asumir que en mí y en todos está desarrollándose un proceso vital –

4. Objetivo común.
Este proceso – perceptible en el hombre y que se intuye en todos los seres – tiende a la búsqueda de la plenitud – paz, felicidad, unión con Dios – y responde al impulso de alcanzar la máxima potencialidad del propio estado de existencia.

5. Fraternidad.
El reconocimiento de este movimiento – proceso – en el otro y de esta comunión de intereses – plena realización del ser – de este querer todos responder a lo que nos sentimos llamados, permite la comunicación desde una actitud fraterna.

6. Sentido.
Esta actitud de fraternidad básica – más allá de la diversidad – posibilita el acercamiento a una percepción singular de la vida del otro. Se evidencia toda vida como portadora de un sentido – significado profundo –

7. Encuentro.
Este significado que comienzo a advertir en la vida del otro permite la paulatina transformación del diálogo en encuentro – intercambio desde la profundidad – La diversidad empieza a tornarse riqueza.

8. Ofrenda mutua.
El diálogo deja de ser una defensa de la propia verdad – confrontación de aserciones – para convertirse en ofrenda de la propia experiencia de vida. No se pretende así, tener la razón, sino hacer participe al otro de la propia religiosidad.

9. Síntesis.
La aceptación de la existencia ajena con su particular manera, la percepción de un mismo impulso detrás de toda búsqueda, el reconocimiento del proceso que en toda vida alienta, permite la actitud fraterna y la posibilidad del intercambio no confrontativo de experiencias, transformándose así el diálogo en encuentro para la ofrenda común.

Nota


* La creación es obra de Dios y en ella ha de incluirse por cierto a todos los seres, incluso aquellos que en la diversidad mas lejana de mí se me presentan como indeseables.
Pero debo asumir que esta existencia que tenemos en común no solo se nos ha dado como acto pretérito sino que se nos sigue dando como presente y posibilidad futura.
En efecto seguimos siendo sostenidos en nuestro existir por la obra de Dios. Esto implica que el otro, aún el indeseable, existe porque Dios permite la continuidad de su existencia y de su particular modo.
Siendo esto así, la vida del otro tiene necesariamente un sentido – sino para mí – lo tiene para Dios, creador y sostenedor de toda existencia. Por lo tanto aceptar la existencia del otro deviene acto de respeto hacia Dios y su Creación.
Esta aceptación no implica por cierto mi adhesión a sus particulares modos de existencia, ni que yo no intente transmitirle lo que considero debe transmitirse – el Evangelio – sino que implica el reconocimiento de que el otro, así como se manifiesta ahora ante mí, forma parte indisoluble del plan de Dios.
De allí que toda vida resulta portadora de significado y en ese sentido es sagrada – fruto de la intención Divina –
El otro existe –así como yo existo – porque Dios lo ha querido y esa intención divina permanece vigente - es actual en cuanto nos sigue sustentando – La Creación de Dios, incluye lo diverso – y aún el pecado ha sido abarcado en ese plan por el sentido, a la luz de la redención de Cristo – siendo la existencia toda morfología de Su amor trascendente.

Equipo de Hesiquía

jueves, 18 de febrero de 2010

Ernesto Cardenal, discípulo de Thomas Merton, propuesto para Nobel de literatura 2010.








Managua, 16 feb (EFE).-




El poeta y sacerdote trapense Ernesto Cardenal recibió hoy el respaldo de al menos 150 poetas de 58 países que participan en el VI Festival Internacional de Poesía que se celebra en Granada (Nicaragua) a su candidatura del Premio Nobel de Literatura 2010.


Cardenal, ministro de Cultura durante el primer Gobierno sandinista (1979-1990) y propuesto por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) al Nobel de 2010, recibió el apoyo durante un encuentro de poetas internacionales en el marco de ese festival, indicaron los organizadores de ese evento.


"Es necesario que Centroamérica suene, que Nicaragua suene a través de su actores, y Cardenal es la leyenda viva más importante en el escenario mundial", señaló el poeta salvadoreño Mario Noel Rodríguez, promotor del respaldo al sacerdote, y que fue secundado por el francés Michael Gluk.


La SGAE de España propuso a la Academia Sueca los nombres de los escritores Ernesto Sábato (Rojas, Buenos Aires, Argentina, 1911), Miguel Delibes (Valladolid, España 1920) y Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua 1925) como candidatos al Premio Nobel de Literatura 2010.


El salvadoreño destacó que la obra del poeta nicaragüense se "sigue leyendo a pesar de tantas agresiones, obstáculos económicos y sociales", y pidió a los gobiernos centroamericanos respaldar la candidatura de Cardenal.



Por su lado, el panameño Javier Romero destacó que Cardenal "es un mito viviente que vivió los grandes sucesos del siglo XX que estremecieron a Centroamérica, una región olvidada y gobernada por cruentas dictaduras".


En tanto, el poeta indígena aimara José Luis Ayala resaltó que la obra del nicaragüense "no solo humaniza al ser humano, sino que a la literatura misma, dado que posee una actitud rebelde ante las injusticias políticas, viniendo a ser hoy una voz de los pueblos que no tienen voz".


El español Mario Rodríguez Moya observó que Cardenal es uno de los más grandes poetas vivos de Latinoamérica y del mundo.


La poetisa y escritora nicaragüense Gioconda Belli, autora de "El infinito en la palma de la mano", galardonado con el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral 2008, dijo que sería fantástico que Cardenal ganara el Nobel 2010.


El presidente del Centro Nicaragüense de Escritores, Luis Rocha, dijo a periodistas que en el documento final del VI Festival Internacional de Poesía, que fue inaugurado oficialmente hoy, incluirán ese respaldo a Cardenal.



Cardenal, autor de "Epigramas" y "Oración por Marilyn Monroe", entre otras obras, agradeció el respaldo, aunque dijo no merecerlo.


Sacerdote católico, escritor, escultor, es uno de los más destacados religiosos de la teología de la liberación, y ha merecido varios premios internacionales, el último el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, que recibió en julio de 2009 de manos de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.


El poeta participó en la lucha contra la dictadura de los Somoza y fue militante hasta 1995 del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), actualmente en el poder, y del que está distanciado.



Siendo ministro de Cultura recibió la amonestación pública del papa Juan Pablo II, al visitar Nicaragua en marzo de 1983, por mezclar la religión con la revolución sandinista.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La Vida Monástica no puede permitirse el lujo de vivir desde una arqueología carismática, fragmento de un artículo de Cándida Saratxaga, abadesa.


Tomado del artículo "Abiertos al Espíritu"




Nos encontramos en “un mundo que cambia”, un mundo en tránsito y que no sabemos muy bien “¿hacia dónde o a hacia qué?”. Es posible que necesitemos alguna generación monástica más para percibir claramente la novedad que ya desde ahora está generando el Espíritu. Pero una cosa es clara: la novedad de vida de monástica del futuro depende de la novedad de vida que ya debería estar provocando en nosotros el Espíritu.

Los cambios culturales, repentinos y radicales, deben motivar nuestra fe, impidiéndonos aferrarnos a cierta imagen de lo divino, a utilizar nuestra tradición, “las observancias”, para evitar convertirnos (cambiar la mente y el corazón). La vida monástica “busca” a Dios, no le posee. Por eso está siempre motiva al replanteamiento para exteriorizar cada vez mejor toda la absoluted que tiene dentro. No puede permitirse el lujo de vivir desde una arqueología carismática que reproduce y copia una forma arquetípica. Sino que tiene que traducirse constantemente desde el Evangelio a los hombres de hoy que tienen gran sed de espiritualidad viva y vivida.

Pero tampoco vale, por otra parte, acoger acríticamente cualquier novedad como deseo del Espíritu, sin darse cuenta de qué está en juego en ella. Conjugar el “semper” del hecho revelado y el “novum” de la historia de cada día desde Cristo, en la Lectio de cada día, como memoria y profecía será siempre el cometido esencial del discernimiento monástico y la garantía perenne de que estamos y seguimos a la escuchadel Espíritu.

viernes, 12 de febrero de 2010

Monjes en el corazón del mundo, por Miquel Calsina.




La Fraternidad de San Pablo es hoy, en definitiva, una experiencia que intenta insertar y vivir los ideales del monaquismo original en un contexto original de frontera, una comunidad católica de inspiración monástica cuyos miembros viven una presencia cristiana de “vecindad evangélica” en zonas urbanas o barrios en los que el encuentro entre nativos y extranjeros, entre personas excluidas y otras con mejor suerte, entre culturas de procedencia diversa, o entre religiones dispares -especialmente entre cristianos y musulmanes- es hoy una realidad abierta. Siguiendo la línea del movimiento de renovación monástica manifestada en las doce columnas del nuevo monaquismo expresadas en Durham en el año 2004, sus miembros apuestan por una opción de vida monástica hecha realidad y encarnada en los barrios pobres de las grandes ciudades, en comunión con sus obispos y formando parte de sus diócesis.


En la Declaración escrita el 2 de noviembre de 2001 del cardenal arzobispo de Marsella, Mon. Panafieu, fue reconocida como “comunidad católica que trabaja en estrecha colaboración con él y bajo su responsabilidad”.

Su estilo de vida se concreta en lo que ellos denominan los siete pilares:


1. celibato;


2. oración común tres veces al día (“es esencial -dice Henry- porque es la que ritma nuestra jornada”);


3. vida en ciudad o en barrios y zonas urbanas periféricas; 4. trabajo a tiempo parcial (media jornada);



5. hospitalidad;


6. convivencia fraternal y atención a los vecinos, y


7. participación en la comunidad parroquial local.

Son las siete de la tarde. Comenzamos la oración de vísperas en el espacio del piso habilitado como oratorio. Hace poco menos de veinte minutos, este lugar y la adjunta sala de estar-comedor estaban ocupados por numerosos niños y niñas de la cité Saint Paul, que dos o tres tardes por semana vienen para recibir clases de apoyo escolar por parte de Henry, Karim, Gautier, Jean Paul y algunos voluntarios amigos de la Fraternidad. “Este servicio no nos lo propusimos desde el comienzo -dice Karim-, fueron los propios vecinos quienes nos lo pidieron… Fue fruto de la proximidad y las relaciones normales entre vecinos”. Después de las vísperas, empezamos a cenar. Llaman a la puerta… Un vecino de ocho o nueve años del piso de arriba nos trae un cuenco con la especialidad argelina que cenará él con su familia, y que su madre ha tenido el detalle de prepararnos. La frugalidad de la cena monástica quedará, por un día, en segundo plano. Después de la cena, hacia las diez, nos retiraremos cada uno a su habitación. A la mañana siguiente, a las seis, los cantos y la recitación de los salmos de laudes acompañarán rítmicamente los ruidos de cualquier barrio que despierta. La hora larga de lectio individual dará paso al desayuno rápido que precede a una jornada laboral concentrada en la mañana. Henry y Karim irán al instituto en el que imparten clase; Gautier, a la entidad estatal de protección de la infancia donde ejerce de abogado, y Jean Paul, recién llegado de Bélgica, seguirá buscando trabajo. Al mediodía regresarán a casa para la oración y la comida. Por la tarde… los encontraréis a los cuatro en la cité Saint Paul, en el discreto monasterio HLM de la travesía de La Palud, número 40, edificio B1, apartamento 28.

Experiencias como la de la Fraternidad de San Pablo de Marsella ponen de manifiesto, en definitiva, la irrupción de nuevas formas monásticas como consecuencia de las profundas transformaciones de las sociedades occidentales actuales, entre las cuales destacan la preeminencia del mundo urbano, la secularización, la aparición masiva de nuevas comunidades étnicas, culturales y religiosas que plantean nuevos retos a los que también tiene que poder dar respuesta el nuevo monaquismo desde lo más esencial que representa la Iglesia. Uno se pregunta si en Cataluña, en Barcelona, no sería necesario también, hoy, una presencia monástica de rostro nuevo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Un nuevo Monacato para un nuevo Paradigma, por Enrique Mirones, monje del monasterio de Sobrado.





Para mí, cada día resulta más claro que tenemos que –por fidelidad a nuestra vocación y a nuestro tiempo–, cambiar nuestro paradigma monástico que en gran medida sigue siendo deudor del imaginario greco-latino en que nació:
dejar en la historia de la espiritualidad monástica las concepciones, conceptos, filosofías, teologías, espiritualidades y formas de vida forjadas en un mundo pre-moderno y atrevernos a reinventar la vida monástica desde el contexto evangélico no-dualista como si fuésemos los mismos Antonio, Pacomio, Benito de Nursia o Roberto, Alberico y Esteban pero nacidos el 1 de enero de 2000 e imbuidos, no de una mentalidad neo-platónica vestida de neo-escolástica y pensada para un mundo dependiente y en subordinación de lo religioso (mundo heterónomo), sino del imaginario de la sociedad de la ciencia, la informática, las tele-comunicaciones, la democracia, la libertad y la igualdad, la autonomía personal y la valoración de lo humano y de todos los ámbitos del conocimiento, en un mundo post-Auschwitz que ha puesto en cuestión el concepto Dios heredado de la tradición de la que venimos hablando y ha puesto de relieve que sólo puede tener sentido en este mundo un Dios encarnado y expuesto a la debilidad humana y solidario hasta la muerte. Un mundo, en donde las grandes utopías colectivas se han estrellado, han perdido su significado o han fracasado estrepitosamente, dejando paso a un mosaico de formas personalizadas y provisionales, no acabadas y sin pretensión de universalidad, que convierten al pluralismo cultural de “lo humano” y “lo cósmico” en los protagonistas de nuestro tiempo y en los únicos lugares teológicos posibles (mundo autónomo).

Por lo tanto desde aquí es desde donde se puede reinventar la vida monástica. Si el Dios Omnipotente ya no es el centro del mundo en este centro se ha colocado el Hombre: “lo humano”; y dado que creemos en un Dios encarnado que nos ha mostrado que “lo humano” es el lugar donde habita Dios –su templo, su morada–, el ámbito humano debiera ser el único terreno sagrado para el monje y monja que busca a Dios.

miércoles, 3 de febrero de 2010

"Las Relaciones Humanas" por Carlos Gutiérrez, Prior del Monasterio Cisterciense de Santa María de Sobrado.


Tomado de http://unirprofescatolicos.wordpress.com/



Los Padres cistercienses tuvieron la genial intuición de concebir la comunidad monástica como una Escuela de Caridad. En ella todos somos discípulos para aprender el arte de amar. Y esto puede ser extensible a cualquier forma de vida.

Lo primero que tenemos que descubrir a este respecto es que somos relación, es decir, que estamos hechos para la relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Y la relación lograda la llamamos encuentro. Es por esto por lo que en la Escuela de la Caridad, donde se aprende el encuentro que es el arte de la relación, sean, al mismo tiempo, necesarios e imprescindibles tanto la soledad, que propicia la relación con uno mismo y con Dios, como la fraternidad.

Todo encuentro nos cambia. En el encuentro con una persona descubrimos quiénes somos realmente y nos ponemos en contacto con nuestro verdadero ser. Martin Buber en su obra Yo y tú, pone en el tú el punto de partida del encuentro de uno mismo. Lo expresa de esta manera: yo me convierto en tú. Haciéndome yo, digo tú. Toda vida auténtica es encuentro.

De un encuentro se sale distinto de como se ha entrado. Sólo la mirada afectuosa del otro me cambia. Él me pone en contacto con mi propio afecto, con el amor que con bastante frecuencia duerme escondido en mí y espera ser despertado por una persona querida. La bella durmiente necesita al príncipe que la despierte del sueño con su beso. En el fondo es siempre una transformación amorosa.

Necesitamos la mirada amorosa, el encuentro sin prejuicios para descubrir y levantar el tesoro que hay en nosotros; descubro mi yo precisamente en el tú. El encuentro con el tú me permite reconocer el misterio más profundo de mí mismo. Y este encuentro consigue que mi individualidad salga claramente del caos de mis distintos pensamientos y sentimientos, del desorden de mis roles y de mis máscaras, y crezca cada vez más su verdadera figura.

Los encuentros son puntuales, se realizan siempre en cortos espacios de tiempo. Por el contrario, la relación entre las personas refleja una situación duradera. Muchos son los que se pierden a sí mismos en la relación con otros. Le dan al otro tanto poder sobre ellos que ya no son ellos mismos. Resultan determinados por la opinión del otro, por sus expectativas y sus pretensiones. O bien, sucumben a los mecanismos de proyección, que frecuentemente tienen lugar en las relaciones. Acaban inmovilizados por las proyecciones de otros. La conversión de una persona no está acabada si no cambian sus relaciones.

Pero la transformación del individuo producida en el encuentro, repercute en sus relaciones. Podemos observar cómo la transformación de la persona en una relación, cambia esa misma relación. Ambas están estrechamente relacionadas entre sí. Mi conversión cambia mis relaciones y el cambio de la relación repercute en el proceso de mi maduración y crecimiento.

Quien experimenta la transformación del encuentro, no se esforzará excesivamente por el trabajo de la evangelización, sino que éste brotará de la fuente interior con la que ha entrado en contacto. Gozará de una libertad interior que se comunica como por ósmosis, de tal manera que la predicación de la Buena Noticia dejará de ser algo así como un rendimiento compulsivo que requiere todas las fuerzas, porque fluirá suavemente por sí sola de la fuente interior. Su trabajo será fecundo.

Si en aquello por lo que vivo sólo hay discordia, agresividad, intranqui-lidad o si se convierte en un activismo vacío, continuamente repitiendo lo mismo, será señal de endurecimiento y de que desconozco lo que es el encuentro. Pero si con mi trabajo cambia algo a mí alrededor, si son posibles nuevas relaciones de comunidad, alegría por el proyecto común, ideas nuevas para abordar algo, entonces se pone de manifiesto la transformación de uno mismo.

La pregunta que podemos hacernos ahora es la siguiente, ¿qué amor tiene que darse para que sea posible la comunión cristiana, el encuentro?

Hoy en día el término amor se ha convertido en un eufemismo, lo cual requiere, antes de hablar de amor, definir qué es lo que entendemos por tal. Por lo tanto, ¿de qué amor venimos hablando? Clásicamente se han distinguido dos tipos de amor, opuestos entre si: el eros y el ágape.

A grandes rasgos, el eros es aquel amor que ama al otro por lo que recibe de él; es un amor necesariamente posesivo. Platón lo pintó en su celebérrimo mito como hijo de la necesidad. De él podríamos decir aquello de que te quiero porque te necesito. El grado de interés, de necesidad por el otro se convierte en el termómetro a través del cual medimos la calidad de nuestro amor.

El ágape, en cambio, no ama al otro por lo que puede esperar de él, sino aunque no pueda esperar nada de él; su alegría no es lo que recibe del otro sino que se alegra en el otro mismo, en el mero hecho de que existe. Por eso no es un amor posesivo: no espera recibir nada, ni siquiera el título de bienhechor y el reconocimiento de él.

Aunque esta pintura haya sido muy rápida, basta para nosotros ahora. Quiero añadir, que en nosotros los hombres, no deberíamos extremar ni esgrimir demasiado esa contraposición, aunque nos sea imprescindible. El hombre es un ser terrible e increíblemente necesitado, y dejar de reconocer esa tremenda pobreza propia puede ser no un signo de ágape, sino de orgullo. Por otro lado, en nuestra existencia humana se dan ambas realidades como mezcladas, no siempre como totalmente opuestas: un eros bien llevado puede llegar a convertirse en auténtico ágape, en verdadera ternura; mientras que un presunto ágape puede degradarse en un eros orgulloso y sutilmente camuflado.

A lo mejor debe tratarse de un amor que no es el te quiero porque te necesito del eros, ni tampoco el porque no te necesito entonces te quiero del ágape (posiblemente mal entendido), sino más bien el te necesito porque te quiero, al que reconocemos como el amor con auténtica solera.

El mismo amor sexual deja ver una de sus facetas más bonitas en su capacidad de suscitar compasión, en el sentido más positivo del término: cierta como incapacidad del hombre para ver sufrir a la mujer, y de la mujer para ver dolorido al hombre. Con todo, es verdad también que no hay nada más terrible que ahogar a otro queriéndolo, o diciendo quererle, ni nada más trágico que no saber darse cuenta de eso (ya dice el refrán que hay amores que matan). El verdadero amor siempre es creador y donador de libertad, mientras que el eros puede privar de ella en más de un momento. Pero, a pesar de todo eso, la psicología humana es infinitamente compleja para que creamos poder despacharla con cuadros sinópticos.

“No hay que esgrimir demasiado, contra el hombre, la distinción eros-ágape. Ese moralismo nos hace perder de vista hasta qué punto el hombre es un ser necesitado de afecto y gratificación y nada más que eso: cualquier psicólogo sabe muy bien cómo la falta de esos ingredientes, durante los momentos en que el hombre cuaja como hombre, supone sin más su frustración (quizás definitiva) como tal ser humano. El ser de necesidades no puede ser el ser de la gratuidad. Y sin embargo, si aquella es nuestra realidad, ésta es nuestra verdad. He aquí por qué dijimos en otro momento que el hombre es un ser a quien se le exige más de lo que puede dar. Ahí está otra vez la contradicción en el hombre. Si el amor se define como dar, como donación de sí, el darse es constantemente experimentado en el hombre como una muerte (cuando no es utilizado como una especie de trampa cazadora para recibir a través de su donación la gratitud, la dependencia, la reciprocidad, el reconocimiento del otro). Y al hombre no pertenece el morir. Todos nuestros proyectos, grandes o pequeños, de comunidad y comunión, fracasan porque concebimos, con razón, la comunidad como gozo, como ser-con, y luego contrastamos que la experimentamos como totalitarismo, como muerte; y a la verdad del hombre no pertenece la muerte sino el gozo. La posible solución de hallar un equilibrio en la idea de un intercambio –dar y recibir- es una solución bien precaria pues el amor queda ahogado en cuanto se la somete al cálculo y al libro de cuentas. El amor sólo es verdaderamente gratificante cuando no se ha buscado la gratificación en él; sólo permite recibir cuando no ha exigido recibir; y cuando se le busca por el propio interés (así sea el interés más legítimo de una estabilidad psicológica absolutamente necesaria y que necesita del cariño para eso) o cuando se le quiere provocar a la fuerza o se le reclama como un derecho, entonces paradójicamente se le impide nacer y se le ahoga antes de nacer, o se le frustra por completo. Por todas partes nuestras reflexiones van a abocar a la contradicción entre necesidad y gratuidad” (José Ignacio González Faus).

Con todo lo dicho, podemos concluir al respecto, que el amor del encuentro ha de ser un amor ágape, gratuito, pero penetrado de esa dosis de interés y necesidad por el otro que propicia la reciprocidad, y nos hermana en un destino y en una vulnerabilidad común.