Un lugar para conocer la mística cisterciense en sus más variadas manifestaciones (las tradicionales: monásticas, caballerescas-Temple y otras órdenes de caballería- y las más actuales: laicales y el zen cristiano) abierto a tod@s los que sienten interes por ella o desean encarnar en sus vidas este carisma tan plural.

martes, 2 de marzo de 2010

UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD MONÁSTICA PARA UN MUNDO EN EMERGENCIA




LA EMERGENCIA DEL MUNDO PARA LA ESPIRITUALIDAD.


Hace unos años se decía que monje es aquel que todos los días cuando se levanta se pregunta qué es un monje. El monacato es una búsqueda constante y a la vez una respuesta en cada época a esa búsqueda. ¿Qué se busca? La unificación, la integración de toda la realidad, personal y colectiva, interior y exterior, histórica y suprahistórica. Una experiencia de comunión con el cosmos, el hombre y Dios.

Ser monje hoy es hacerse esa pregunta e intentar darle una respuesta con todo el ser y no sólo con la cabeza. Hoy en el monacato hay diferentes respuestas a la pregunta, y diferentes búsquedas.

Algunos de los monjes y monjas hoy se sienten insatisfechos con las respuestas recibidas de otros momentos históricos. Quizá Thomas Merton se ha convertido en el paradigma de estos monjes que plantean la necesidad de salir del aislamiento y de abrirse al mundo sin fundirse con él para poder transmitir la vida monástica en el nuevo contexto humano e histórico.

Desde fuera del monacato institucional también se reclama la necesidad histórica de la experiencia monástica, entendida como experiencia de comunión e integración de toda la realidad que somos, para dar respuesta a la encrucijada histórica en la que estamos y que ya no podemos resolver sólo desde la cabeza, la técnica, o el poder sino desde lo más profundo de nuestro ser, danto una respuesta desde el cuerpo, desde las emociones, desde la razón y desde la espiritualidad. Raimon Panikkar ha reclamado el monacato como arquetipo válido todo ser humano y como modelo de la nueva experiencia que debe dar lugar a una manera de vivir unificados en medio del mundo caótico y fragmentado actual, sin caer en proyectos uniformadores y comprometiéndose con ese mundo. Experiencia que llama de nueva inocencia, de confianza en la realidad cuando no excluimos elementos de la misma sino que los integramos todos.

Hoy son muchos los monjes y monjes que plantean la necesidad de que el monacato se transforme sin perder sus raices, poniendo su centro más en ser lugar de encuentro, acogida, humanización en diálogo con el mundo que en modelos de separación y aislamiento del mundo de otro tiempo. Podemos recordar las últimas semanas monásticas cómo muchas intervenciones van en esta dirección: Juan Mªde la Torre, Cándida Saratxaga, Rosario Fernández Miranda, Enrique Mirones, Rosa Mª Piquer, etc…
La orden cisterciense de la estrecha observancia, ha dado pasos en esa dirección, la apertura de las hospederías como lugares de encuentro y acogida a todos, el compartir el carisma con los laicos, con la creación de fraternidades laicas cistercienses, la extensión del principio de subsidiaridad en las comunidades (democratización), el salir de modelos de comunidades de observancias a comunidades de valores y hoy a comunidades de personas valiosas (Bernado Olivera), la renovación de la liturgia, dejando el latin y renovando lentamente y con tensiones los textos litúrgicos que puedan hoy generar lecturas machistas o violentos, la salida de modelos patriarcales y logocéntricos a modelos relacionales y que intentan integrar en igualdad la percepción femenina del mundo, con expresión de todo ello a nivel estructual: reuniones mixtas de los capítulos generales con la petición de un capítulo general mixto con la posibilidad de una abadesa general, aprobada en el 2005, que por ahora la Santa sede ha frenado.

En medio de este proceso, algunos monjes intentamos ahora llevar el monacato cisterciense a las ciudades, a la sociedad, creando redes de personas y comunidades, redes de corazones, que sientan y siembren la inquietud de la búsqueda espiritual e intuyen que es la espiritualidad la respuesta a la encrucijada de nuestro mundo. Por ahora, es una experiencia joven iniciada en el año 2008 con diversas actuaciones.

El primer paso en la experiencia fue el compartir durante un año la vida monástica viviendo en un Hogar para transeúntes en Madrid y con posterioridad hemos pedir vivir fuera de la comunidad difundiendo el carisma cisterciense viviendo en medio de la sociedad y en diálogo y aprendizaje con la misma y con la comunidad monástica madre, Huerta.

LA EMERGENCIA DE LA LA ESPIRITUALIDAD PARA EL MUNDO.

La principal intuición que nos sustenta es la necesidad que la actual situación nos manifiesta de dar una respuesta desde la espiritualidad a la crisis y al cambio en el que estamos sumergidos.
Espiritualidad que salga de modelos dualistas (mentales) o monistas (uniformadores) que han generado la crisis, para vivirse desde modelos de acogida y encuentro, basados en una visión pluralista y relacional de la realidad. Redescubrir la espiritualidad de la Amistad que está en la base de la mística cisterciense y del proceso que estamos viviendo, ya que la búsqueda ha nacido y prosigue en un diálogo amistoso entre monjes que hoy quieren vivir el monacato de un modo nuevo y tradicional y laicos y laicas que quieren participar de él y aportar su visión.
Nuestra intuición es que la espiritualidad hoy debe ser una espiritualidad integral e integradora. Integral porque debe abarcar e integrar todas las dimensiones del ser humano, que para la antropología cisterciense son cuatro: la corporal, la psicológica, la espiritual y la social. Estas cuatro dimensiones están representadas por los cuatro lados de los claustros cistercienses, correspondiendo cada lado a un aspecto y debiendo el monje recorrerlos todos a lo largo del día y de la vida. En nuestra vida secular se trataría de integrar todas estas dimensiones, si n excluir ninguna, viviéndolas en nuestro contexto cotidiano.

Integradora porque ha de vivirse desde el encuentro con otros, desde el diálogo con otras experiencias, ya que hoy la complejidad de nuestro mundo no nos permite que una única respuesta sea la solución a nuestros problemas. De ahí que hoy los monjes con estas inquietudes queramos abrirnos al encuentro con todas las otras experiencias de búsqueda de la unificación personal que están gestándose en el mundo: (Raimon Panikkar) Movimientos sociales alternativos que buscan modelos más inclusivos e integradores, nuevas espiritualidades, movimientos culturales que intentar superar la fragmentación logocéntrica, patrial y egoica de nuestro mundo: feminismo, ecologismo, pacifismo, terapias alternativas corporales, emocionales, humanistas, las místicas orientales y de otros carismas cristianos católicos o no….

Esta orientación nos ha llevado a entrar en contacto con esos mundos y a releer nuestra propia tradición cisterciense con las aportaciones que estos puntos de vista nos dan.
Intentamos estar presentes en estos ámbitos donde se gesta la nueva espiritualidad, aprender de ellos, aportando también nuestra tradición. En concreto no hemos introducido en el zen, en la terapias de diversas escuelas, participamos en encuentros ecuménicos con otras comunidades cristianas, nos hemos comprometido en el trabajo con los transeúntes colaborando con la Asociación Jesús Caminante, apoyamos iniciativas sociales y eclesiales que intentan presentar alternativas a los modelos fragmentadores o uniformadores actuales: neoliberalismo, globalización, modelos uniformadores restauracionistas o modernistas eclesiales…
Difundimos a través de Talleres de espiritualidad un camino para vivir la espiritualidad monástica hoy de un modo nuevo y tradicional, uniendo al metodología zen y la mística cisterciense, dando instrumentos y mapas para que los que sienten la necesidad de la unificación mediante la integración puedan ir dando su propias respuestas; no se trata de dar respuestas hechas sino de propiciar que cada uno aporte su experiencia y compartir juntos esta experiencia en grados de compromiso diversos y plurales. La respuesta no es algo puramente subjetivo e interno, intentamos que sea con todo el ser y abarque todas las dimensiones de los que participamos: el compromiso ético y social, el compromiso comunitario además del compromiso con el propio camino y el propio ser.

El objetivo final es que los talleres culminen en al creación de comunidades, redes y personas comprometidas con la espiritualidad y con el mundo.

LA UTOPÍA QUE NOS MUEVE: LA CONVERGENCIA DEL MUNDO Y LA ESPIRITUALIDAD

La utopía que nos mueve es la encarnación de un nuevo estilo de monacato, abierto, plural, no exclusivo de los religiosos, que se revela como arquetipo presente en todo hombre y toda mujer y que puede hoy ser paradigma de la respuesta integradora que la complejidad de nuestro mundo busca.

Pensamos que los monasterios hoy deben ser lugares de encuentro y acogida, abiertos a todos los buscadores, a todos los dañados por la situación de complejidad y dolor del mundo que vivimos, buscadores que sólo encontrándose y abriéndose unos a otros podrán dar respuesta al enorme Koan que es la situación actual.
Y además, el monacato hoy debe descubrirse como un camino y una respuesta más allá del ámbito de las instituciones monásticas, necesitamos monjes laicos, redescubrir la dimensión monástica que todos tenemos, formándose estos buscadores en comunión con el monacato tradicional (el monacato es una experiencia que se transmite de unos a otros , no podemos cortar con las raíces) pero fuera de los límites de los claustros tradicionales personas, colectivos que sean claustros vivientes, es decir, integrados e integradores, creadores de comunión y de espacios de acogida en el que todos podamos dar respuesta al koan que el mundo y nuestra vida nos presentan.
El monacato no es sólo una búsqueda y una pregunta que necesita ser respondida (¿Cómo lograr la integración de todo mi ser y de mi ser en toda la realidad hoy? ) sino que también es en sí mismo una respuesta: la apertura a Dios, al cosmos, al otro y a mí mismo; el camino de integración que recorremos para responder a ese koan es en sí mismo la respuesta, respuesta que no es otra que la experiencia mística de todos los tiempos y que hoy debemos vivir cada uno desde su peculiar situación y naturaleza. Y es que hoy ya no valen respuestas en solitario, separados y aislados unos de otros vamos al desastre, hoy todos tenemos que dar nuestra respuesta. El monacato hoy también necesita la respuesta que los demás le den, necesita de todos para cumplir su función integradora. Les invito a descubrir que hoy el monacato es una dimensión de todos, una necesidad para todos y un camino a construir entre todos.

martes, 23 de febrero de 2010

Císter y Europa, fragmento de un artículo de Juan Mª de la Torre, monje cisterciense.





Podemos preguntarnos: ¿cuál es la huella esencia e imborrable que la Orden cisterciense, en su momento de mayor pujanza, dejó en la naciente Europa de las Naciones? El mismo sentido de la civilización europea de la vieja polis helénica, eso sí, en un enmarque medieval. El hombre es un ciudadano, educado para la libertad, que debe desarrollar sus potencialidades de madurez en un clima propicio.

Por encima de las regiones y de las variedades de lengua y religión, el europeo deberá mantener un diálogo continuo con la cultura y las creencias de los demás, buscando sinceramente la verdad, como llevó este intercambio en los primeros cistercienses medievales a mantener contactos con la escuela judía de Rashi para encontrar la mejor verdad en los textos bíblicos, o como hubo contacto con la cultura islámica en determinados lugares en lo referente a elementos artísticos de edificación.


Sin la Orden cisterciense los reinos europeos no habrían conocido el vivo impulso de crecimiento en la economía, el comercio, las técnicas; y sobre todo no habrían sido marcados con ese sello pluricultural en la unidad de la persona.


La Europa actual tendrá que desfragmentarse y encontrar la armonía de sus proporciones en un sano equilibrio entre su infra-estructura y su supra-estructura de valores y creencias en un sistema de relaciones libres entre individuos, fruto de una herencia común que deberá someterse a una constante valoración y control colegial, nunca la irracional totalitaria. Pero esto ¿será posible sin un reencuentro con el misterio de la trascendencia meta-estructural? Es la forma de revitalizar la civilización de la vieja polis ateniense, el alma de Europa.

Juan Mª de la Torre
Monasterio de Armenteira

domingo, 21 de febrero de 2010

Premisas de Fraternidad (aportación al diálogo ecuménico e interrreligioso)






1. Aceptación
Necesito aceptar la existencia del otro.(*) Esto, no solo en cuento ser – que percibo ahí, delante de mí – sino también como modo particular de estar en el mundo – el otro está ahí siendo de cierta manera – Esta manera de ser el otro, es una de las manifestaciones posibles en que se da la existencia.

2. Incondicionalidad.
Para que esta aceptación sea plena no debe estar condicionada a las variaciones que sucedan en aquél modo de manifestarse el otro – aceptar no implica adherir a su particular manera sino admitir el derecho a su existencia particularísima – La aceptación de la existencia de los demás no debería estar sujeta a vaivenes, es dar a los otros el derecho a la vida.

3. Proceso.
Considerar que la otra persona no solo es y de cierta manera sino que va siendo – Asumir que en mí y en todos está desarrollándose un proceso vital –

4. Objetivo común.
Este proceso – perceptible en el hombre y que se intuye en todos los seres – tiende a la búsqueda de la plenitud – paz, felicidad, unión con Dios – y responde al impulso de alcanzar la máxima potencialidad del propio estado de existencia.

5. Fraternidad.
El reconocimiento de este movimiento – proceso – en el otro y de esta comunión de intereses – plena realización del ser – de este querer todos responder a lo que nos sentimos llamados, permite la comunicación desde una actitud fraterna.

6. Sentido.
Esta actitud de fraternidad básica – más allá de la diversidad – posibilita el acercamiento a una percepción singular de la vida del otro. Se evidencia toda vida como portadora de un sentido – significado profundo –

7. Encuentro.
Este significado que comienzo a advertir en la vida del otro permite la paulatina transformación del diálogo en encuentro – intercambio desde la profundidad – La diversidad empieza a tornarse riqueza.

8. Ofrenda mutua.
El diálogo deja de ser una defensa de la propia verdad – confrontación de aserciones – para convertirse en ofrenda de la propia experiencia de vida. No se pretende así, tener la razón, sino hacer participe al otro de la propia religiosidad.

9. Síntesis.
La aceptación de la existencia ajena con su particular manera, la percepción de un mismo impulso detrás de toda búsqueda, el reconocimiento del proceso que en toda vida alienta, permite la actitud fraterna y la posibilidad del intercambio no confrontativo de experiencias, transformándose así el diálogo en encuentro para la ofrenda común.

Nota


* La creación es obra de Dios y en ella ha de incluirse por cierto a todos los seres, incluso aquellos que en la diversidad mas lejana de mí se me presentan como indeseables.
Pero debo asumir que esta existencia que tenemos en común no solo se nos ha dado como acto pretérito sino que se nos sigue dando como presente y posibilidad futura.
En efecto seguimos siendo sostenidos en nuestro existir por la obra de Dios. Esto implica que el otro, aún el indeseable, existe porque Dios permite la continuidad de su existencia y de su particular modo.
Siendo esto así, la vida del otro tiene necesariamente un sentido – sino para mí – lo tiene para Dios, creador y sostenedor de toda existencia. Por lo tanto aceptar la existencia del otro deviene acto de respeto hacia Dios y su Creación.
Esta aceptación no implica por cierto mi adhesión a sus particulares modos de existencia, ni que yo no intente transmitirle lo que considero debe transmitirse – el Evangelio – sino que implica el reconocimiento de que el otro, así como se manifiesta ahora ante mí, forma parte indisoluble del plan de Dios.
De allí que toda vida resulta portadora de significado y en ese sentido es sagrada – fruto de la intención Divina –
El otro existe –así como yo existo – porque Dios lo ha querido y esa intención divina permanece vigente - es actual en cuanto nos sigue sustentando – La Creación de Dios, incluye lo diverso – y aún el pecado ha sido abarcado en ese plan por el sentido, a la luz de la redención de Cristo – siendo la existencia toda morfología de Su amor trascendente.

Equipo de Hesiquía

jueves, 18 de febrero de 2010

Ernesto Cardenal, discípulo de Thomas Merton, propuesto para Nobel de literatura 2010.








Managua, 16 feb (EFE).-




El poeta y sacerdote trapense Ernesto Cardenal recibió hoy el respaldo de al menos 150 poetas de 58 países que participan en el VI Festival Internacional de Poesía que se celebra en Granada (Nicaragua) a su candidatura del Premio Nobel de Literatura 2010.


Cardenal, ministro de Cultura durante el primer Gobierno sandinista (1979-1990) y propuesto por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) al Nobel de 2010, recibió el apoyo durante un encuentro de poetas internacionales en el marco de ese festival, indicaron los organizadores de ese evento.


"Es necesario que Centroamérica suene, que Nicaragua suene a través de su actores, y Cardenal es la leyenda viva más importante en el escenario mundial", señaló el poeta salvadoreño Mario Noel Rodríguez, promotor del respaldo al sacerdote, y que fue secundado por el francés Michael Gluk.


La SGAE de España propuso a la Academia Sueca los nombres de los escritores Ernesto Sábato (Rojas, Buenos Aires, Argentina, 1911), Miguel Delibes (Valladolid, España 1920) y Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua 1925) como candidatos al Premio Nobel de Literatura 2010.


El salvadoreño destacó que la obra del poeta nicaragüense se "sigue leyendo a pesar de tantas agresiones, obstáculos económicos y sociales", y pidió a los gobiernos centroamericanos respaldar la candidatura de Cardenal.



Por su lado, el panameño Javier Romero destacó que Cardenal "es un mito viviente que vivió los grandes sucesos del siglo XX que estremecieron a Centroamérica, una región olvidada y gobernada por cruentas dictaduras".


En tanto, el poeta indígena aimara José Luis Ayala resaltó que la obra del nicaragüense "no solo humaniza al ser humano, sino que a la literatura misma, dado que posee una actitud rebelde ante las injusticias políticas, viniendo a ser hoy una voz de los pueblos que no tienen voz".


El español Mario Rodríguez Moya observó que Cardenal es uno de los más grandes poetas vivos de Latinoamérica y del mundo.


La poetisa y escritora nicaragüense Gioconda Belli, autora de "El infinito en la palma de la mano", galardonado con el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral 2008, dijo que sería fantástico que Cardenal ganara el Nobel 2010.


El presidente del Centro Nicaragüense de Escritores, Luis Rocha, dijo a periodistas que en el documento final del VI Festival Internacional de Poesía, que fue inaugurado oficialmente hoy, incluirán ese respaldo a Cardenal.



Cardenal, autor de "Epigramas" y "Oración por Marilyn Monroe", entre otras obras, agradeció el respaldo, aunque dijo no merecerlo.


Sacerdote católico, escritor, escultor, es uno de los más destacados religiosos de la teología de la liberación, y ha merecido varios premios internacionales, el último el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, que recibió en julio de 2009 de manos de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.


El poeta participó en la lucha contra la dictadura de los Somoza y fue militante hasta 1995 del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), actualmente en el poder, y del que está distanciado.



Siendo ministro de Cultura recibió la amonestación pública del papa Juan Pablo II, al visitar Nicaragua en marzo de 1983, por mezclar la religión con la revolución sandinista.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La Vida Monástica no puede permitirse el lujo de vivir desde una arqueología carismática, fragmento de un artículo de Cándida Saratxaga, abadesa.


Tomado del artículo "Abiertos al Espíritu"




Nos encontramos en “un mundo que cambia”, un mundo en tránsito y que no sabemos muy bien “¿hacia dónde o a hacia qué?”. Es posible que necesitemos alguna generación monástica más para percibir claramente la novedad que ya desde ahora está generando el Espíritu. Pero una cosa es clara: la novedad de vida de monástica del futuro depende de la novedad de vida que ya debería estar provocando en nosotros el Espíritu.

Los cambios culturales, repentinos y radicales, deben motivar nuestra fe, impidiéndonos aferrarnos a cierta imagen de lo divino, a utilizar nuestra tradición, “las observancias”, para evitar convertirnos (cambiar la mente y el corazón). La vida monástica “busca” a Dios, no le posee. Por eso está siempre motiva al replanteamiento para exteriorizar cada vez mejor toda la absoluted que tiene dentro. No puede permitirse el lujo de vivir desde una arqueología carismática que reproduce y copia una forma arquetípica. Sino que tiene que traducirse constantemente desde el Evangelio a los hombres de hoy que tienen gran sed de espiritualidad viva y vivida.

Pero tampoco vale, por otra parte, acoger acríticamente cualquier novedad como deseo del Espíritu, sin darse cuenta de qué está en juego en ella. Conjugar el “semper” del hecho revelado y el “novum” de la historia de cada día desde Cristo, en la Lectio de cada día, como memoria y profecía será siempre el cometido esencial del discernimiento monástico y la garantía perenne de que estamos y seguimos a la escuchadel Espíritu.

viernes, 12 de febrero de 2010

Monjes en el corazón del mundo, por Miquel Calsina.




La Fraternidad de San Pablo es hoy, en definitiva, una experiencia que intenta insertar y vivir los ideales del monaquismo original en un contexto original de frontera, una comunidad católica de inspiración monástica cuyos miembros viven una presencia cristiana de “vecindad evangélica” en zonas urbanas o barrios en los que el encuentro entre nativos y extranjeros, entre personas excluidas y otras con mejor suerte, entre culturas de procedencia diversa, o entre religiones dispares -especialmente entre cristianos y musulmanes- es hoy una realidad abierta. Siguiendo la línea del movimiento de renovación monástica manifestada en las doce columnas del nuevo monaquismo expresadas en Durham en el año 2004, sus miembros apuestan por una opción de vida monástica hecha realidad y encarnada en los barrios pobres de las grandes ciudades, en comunión con sus obispos y formando parte de sus diócesis.


En la Declaración escrita el 2 de noviembre de 2001 del cardenal arzobispo de Marsella, Mon. Panafieu, fue reconocida como “comunidad católica que trabaja en estrecha colaboración con él y bajo su responsabilidad”.

Su estilo de vida se concreta en lo que ellos denominan los siete pilares:


1. celibato;


2. oración común tres veces al día (“es esencial -dice Henry- porque es la que ritma nuestra jornada”);


3. vida en ciudad o en barrios y zonas urbanas periféricas; 4. trabajo a tiempo parcial (media jornada);



5. hospitalidad;


6. convivencia fraternal y atención a los vecinos, y


7. participación en la comunidad parroquial local.

Son las siete de la tarde. Comenzamos la oración de vísperas en el espacio del piso habilitado como oratorio. Hace poco menos de veinte minutos, este lugar y la adjunta sala de estar-comedor estaban ocupados por numerosos niños y niñas de la cité Saint Paul, que dos o tres tardes por semana vienen para recibir clases de apoyo escolar por parte de Henry, Karim, Gautier, Jean Paul y algunos voluntarios amigos de la Fraternidad. “Este servicio no nos lo propusimos desde el comienzo -dice Karim-, fueron los propios vecinos quienes nos lo pidieron… Fue fruto de la proximidad y las relaciones normales entre vecinos”. Después de las vísperas, empezamos a cenar. Llaman a la puerta… Un vecino de ocho o nueve años del piso de arriba nos trae un cuenco con la especialidad argelina que cenará él con su familia, y que su madre ha tenido el detalle de prepararnos. La frugalidad de la cena monástica quedará, por un día, en segundo plano. Después de la cena, hacia las diez, nos retiraremos cada uno a su habitación. A la mañana siguiente, a las seis, los cantos y la recitación de los salmos de laudes acompañarán rítmicamente los ruidos de cualquier barrio que despierta. La hora larga de lectio individual dará paso al desayuno rápido que precede a una jornada laboral concentrada en la mañana. Henry y Karim irán al instituto en el que imparten clase; Gautier, a la entidad estatal de protección de la infancia donde ejerce de abogado, y Jean Paul, recién llegado de Bélgica, seguirá buscando trabajo. Al mediodía regresarán a casa para la oración y la comida. Por la tarde… los encontraréis a los cuatro en la cité Saint Paul, en el discreto monasterio HLM de la travesía de La Palud, número 40, edificio B1, apartamento 28.

Experiencias como la de la Fraternidad de San Pablo de Marsella ponen de manifiesto, en definitiva, la irrupción de nuevas formas monásticas como consecuencia de las profundas transformaciones de las sociedades occidentales actuales, entre las cuales destacan la preeminencia del mundo urbano, la secularización, la aparición masiva de nuevas comunidades étnicas, culturales y religiosas que plantean nuevos retos a los que también tiene que poder dar respuesta el nuevo monaquismo desde lo más esencial que representa la Iglesia. Uno se pregunta si en Cataluña, en Barcelona, no sería necesario también, hoy, una presencia monástica de rostro nuevo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Un nuevo Monacato para un nuevo Paradigma, por Enrique Mirones, monje del monasterio de Sobrado.





Para mí, cada día resulta más claro que tenemos que –por fidelidad a nuestra vocación y a nuestro tiempo–, cambiar nuestro paradigma monástico que en gran medida sigue siendo deudor del imaginario greco-latino en que nació:
dejar en la historia de la espiritualidad monástica las concepciones, conceptos, filosofías, teologías, espiritualidades y formas de vida forjadas en un mundo pre-moderno y atrevernos a reinventar la vida monástica desde el contexto evangélico no-dualista como si fuésemos los mismos Antonio, Pacomio, Benito de Nursia o Roberto, Alberico y Esteban pero nacidos el 1 de enero de 2000 e imbuidos, no de una mentalidad neo-platónica vestida de neo-escolástica y pensada para un mundo dependiente y en subordinación de lo religioso (mundo heterónomo), sino del imaginario de la sociedad de la ciencia, la informática, las tele-comunicaciones, la democracia, la libertad y la igualdad, la autonomía personal y la valoración de lo humano y de todos los ámbitos del conocimiento, en un mundo post-Auschwitz que ha puesto en cuestión el concepto Dios heredado de la tradición de la que venimos hablando y ha puesto de relieve que sólo puede tener sentido en este mundo un Dios encarnado y expuesto a la debilidad humana y solidario hasta la muerte. Un mundo, en donde las grandes utopías colectivas se han estrellado, han perdido su significado o han fracasado estrepitosamente, dejando paso a un mosaico de formas personalizadas y provisionales, no acabadas y sin pretensión de universalidad, que convierten al pluralismo cultural de “lo humano” y “lo cósmico” en los protagonistas de nuestro tiempo y en los únicos lugares teológicos posibles (mundo autónomo).

Por lo tanto desde aquí es desde donde se puede reinventar la vida monástica. Si el Dios Omnipotente ya no es el centro del mundo en este centro se ha colocado el Hombre: “lo humano”; y dado que creemos en un Dios encarnado que nos ha mostrado que “lo humano” es el lugar donde habita Dios –su templo, su morada–, el ámbito humano debiera ser el único terreno sagrado para el monje y monja que busca a Dios.

miércoles, 3 de febrero de 2010

"Las Relaciones Humanas" por Carlos Gutiérrez, Prior del Monasterio Cisterciense de Santa María de Sobrado.


Tomado de http://unirprofescatolicos.wordpress.com/



Los Padres cistercienses tuvieron la genial intuición de concebir la comunidad monástica como una Escuela de Caridad. En ella todos somos discípulos para aprender el arte de amar. Y esto puede ser extensible a cualquier forma de vida.

Lo primero que tenemos que descubrir a este respecto es que somos relación, es decir, que estamos hechos para la relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Y la relación lograda la llamamos encuentro. Es por esto por lo que en la Escuela de la Caridad, donde se aprende el encuentro que es el arte de la relación, sean, al mismo tiempo, necesarios e imprescindibles tanto la soledad, que propicia la relación con uno mismo y con Dios, como la fraternidad.

Todo encuentro nos cambia. En el encuentro con una persona descubrimos quiénes somos realmente y nos ponemos en contacto con nuestro verdadero ser. Martin Buber en su obra Yo y tú, pone en el tú el punto de partida del encuentro de uno mismo. Lo expresa de esta manera: yo me convierto en tú. Haciéndome yo, digo tú. Toda vida auténtica es encuentro.

De un encuentro se sale distinto de como se ha entrado. Sólo la mirada afectuosa del otro me cambia. Él me pone en contacto con mi propio afecto, con el amor que con bastante frecuencia duerme escondido en mí y espera ser despertado por una persona querida. La bella durmiente necesita al príncipe que la despierte del sueño con su beso. En el fondo es siempre una transformación amorosa.

Necesitamos la mirada amorosa, el encuentro sin prejuicios para descubrir y levantar el tesoro que hay en nosotros; descubro mi yo precisamente en el tú. El encuentro con el tú me permite reconocer el misterio más profundo de mí mismo. Y este encuentro consigue que mi individualidad salga claramente del caos de mis distintos pensamientos y sentimientos, del desorden de mis roles y de mis máscaras, y crezca cada vez más su verdadera figura.

Los encuentros son puntuales, se realizan siempre en cortos espacios de tiempo. Por el contrario, la relación entre las personas refleja una situación duradera. Muchos son los que se pierden a sí mismos en la relación con otros. Le dan al otro tanto poder sobre ellos que ya no son ellos mismos. Resultan determinados por la opinión del otro, por sus expectativas y sus pretensiones. O bien, sucumben a los mecanismos de proyección, que frecuentemente tienen lugar en las relaciones. Acaban inmovilizados por las proyecciones de otros. La conversión de una persona no está acabada si no cambian sus relaciones.

Pero la transformación del individuo producida en el encuentro, repercute en sus relaciones. Podemos observar cómo la transformación de la persona en una relación, cambia esa misma relación. Ambas están estrechamente relacionadas entre sí. Mi conversión cambia mis relaciones y el cambio de la relación repercute en el proceso de mi maduración y crecimiento.

Quien experimenta la transformación del encuentro, no se esforzará excesivamente por el trabajo de la evangelización, sino que éste brotará de la fuente interior con la que ha entrado en contacto. Gozará de una libertad interior que se comunica como por ósmosis, de tal manera que la predicación de la Buena Noticia dejará de ser algo así como un rendimiento compulsivo que requiere todas las fuerzas, porque fluirá suavemente por sí sola de la fuente interior. Su trabajo será fecundo.

Si en aquello por lo que vivo sólo hay discordia, agresividad, intranqui-lidad o si se convierte en un activismo vacío, continuamente repitiendo lo mismo, será señal de endurecimiento y de que desconozco lo que es el encuentro. Pero si con mi trabajo cambia algo a mí alrededor, si son posibles nuevas relaciones de comunidad, alegría por el proyecto común, ideas nuevas para abordar algo, entonces se pone de manifiesto la transformación de uno mismo.

La pregunta que podemos hacernos ahora es la siguiente, ¿qué amor tiene que darse para que sea posible la comunión cristiana, el encuentro?

Hoy en día el término amor se ha convertido en un eufemismo, lo cual requiere, antes de hablar de amor, definir qué es lo que entendemos por tal. Por lo tanto, ¿de qué amor venimos hablando? Clásicamente se han distinguido dos tipos de amor, opuestos entre si: el eros y el ágape.

A grandes rasgos, el eros es aquel amor que ama al otro por lo que recibe de él; es un amor necesariamente posesivo. Platón lo pintó en su celebérrimo mito como hijo de la necesidad. De él podríamos decir aquello de que te quiero porque te necesito. El grado de interés, de necesidad por el otro se convierte en el termómetro a través del cual medimos la calidad de nuestro amor.

El ágape, en cambio, no ama al otro por lo que puede esperar de él, sino aunque no pueda esperar nada de él; su alegría no es lo que recibe del otro sino que se alegra en el otro mismo, en el mero hecho de que existe. Por eso no es un amor posesivo: no espera recibir nada, ni siquiera el título de bienhechor y el reconocimiento de él.

Aunque esta pintura haya sido muy rápida, basta para nosotros ahora. Quiero añadir, que en nosotros los hombres, no deberíamos extremar ni esgrimir demasiado esa contraposición, aunque nos sea imprescindible. El hombre es un ser terrible e increíblemente necesitado, y dejar de reconocer esa tremenda pobreza propia puede ser no un signo de ágape, sino de orgullo. Por otro lado, en nuestra existencia humana se dan ambas realidades como mezcladas, no siempre como totalmente opuestas: un eros bien llevado puede llegar a convertirse en auténtico ágape, en verdadera ternura; mientras que un presunto ágape puede degradarse en un eros orgulloso y sutilmente camuflado.

A lo mejor debe tratarse de un amor que no es el te quiero porque te necesito del eros, ni tampoco el porque no te necesito entonces te quiero del ágape (posiblemente mal entendido), sino más bien el te necesito porque te quiero, al que reconocemos como el amor con auténtica solera.

El mismo amor sexual deja ver una de sus facetas más bonitas en su capacidad de suscitar compasión, en el sentido más positivo del término: cierta como incapacidad del hombre para ver sufrir a la mujer, y de la mujer para ver dolorido al hombre. Con todo, es verdad también que no hay nada más terrible que ahogar a otro queriéndolo, o diciendo quererle, ni nada más trágico que no saber darse cuenta de eso (ya dice el refrán que hay amores que matan). El verdadero amor siempre es creador y donador de libertad, mientras que el eros puede privar de ella en más de un momento. Pero, a pesar de todo eso, la psicología humana es infinitamente compleja para que creamos poder despacharla con cuadros sinópticos.

“No hay que esgrimir demasiado, contra el hombre, la distinción eros-ágape. Ese moralismo nos hace perder de vista hasta qué punto el hombre es un ser necesitado de afecto y gratificación y nada más que eso: cualquier psicólogo sabe muy bien cómo la falta de esos ingredientes, durante los momentos en que el hombre cuaja como hombre, supone sin más su frustración (quizás definitiva) como tal ser humano. El ser de necesidades no puede ser el ser de la gratuidad. Y sin embargo, si aquella es nuestra realidad, ésta es nuestra verdad. He aquí por qué dijimos en otro momento que el hombre es un ser a quien se le exige más de lo que puede dar. Ahí está otra vez la contradicción en el hombre. Si el amor se define como dar, como donación de sí, el darse es constantemente experimentado en el hombre como una muerte (cuando no es utilizado como una especie de trampa cazadora para recibir a través de su donación la gratitud, la dependencia, la reciprocidad, el reconocimiento del otro). Y al hombre no pertenece el morir. Todos nuestros proyectos, grandes o pequeños, de comunidad y comunión, fracasan porque concebimos, con razón, la comunidad como gozo, como ser-con, y luego contrastamos que la experimentamos como totalitarismo, como muerte; y a la verdad del hombre no pertenece la muerte sino el gozo. La posible solución de hallar un equilibrio en la idea de un intercambio –dar y recibir- es una solución bien precaria pues el amor queda ahogado en cuanto se la somete al cálculo y al libro de cuentas. El amor sólo es verdaderamente gratificante cuando no se ha buscado la gratificación en él; sólo permite recibir cuando no ha exigido recibir; y cuando se le busca por el propio interés (así sea el interés más legítimo de una estabilidad psicológica absolutamente necesaria y que necesita del cariño para eso) o cuando se le quiere provocar a la fuerza o se le reclama como un derecho, entonces paradójicamente se le impide nacer y se le ahoga antes de nacer, o se le frustra por completo. Por todas partes nuestras reflexiones van a abocar a la contradicción entre necesidad y gratuidad” (José Ignacio González Faus).

Con todo lo dicho, podemos concluir al respecto, que el amor del encuentro ha de ser un amor ágape, gratuito, pero penetrado de esa dosis de interés y necesidad por el otro que propicia la reciprocidad, y nos hermana en un destino y en una vulnerabilidad común.

martes, 19 de enero de 2010

La importancia del cuerpo en la oración centrante de Thomas Keating, por Leonardo Dimarco.




El camino espiritual cristiano, es a través del cuerpo.

“Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado sácatelo, tíralo (Mt. 5,20).

Hasta ahora en el cristianismo, ni en la oración, ni en el arrepentimiento ni en la lectura de la Biblia, se ha dado mucho valor al cuerpo. Pero cuando hacemos Oración Centrante, ponemos cierto énfasis en el cuerpo. Es decir, se sienta uno, primeramente tomando una posición correcta, acompasando la respiración y con la palabra sagrada… preparando el corazón para ir al encuentro. Por lo que podemos decir, que este camino es como que va “del cuerpo al corazón”, otros dirán que es de la cabeza al corazón. Entonces tengamos presente que el cuerpo es algo importante en el camino espiritual, yo agregaría que es un excelente camino hacia una profunda experiencia religiosa. Sentarse con el cuerpo en posición correcta, acompasar la respiración y preparar el corazón, y eso es todo. Sin embargo como ha cambiado mi vida y la vida de otros que me acompañan en esta experiencia, experiencia de descubrir nuestro rostro original el cual esta dotado de una fuerza prodigiosa. Es una lástima que muchos siguen sin conocer las bondades del método para desarrollar esta fuerza prodigiosa de que está originalmente dotado. El secreto reside en penetrar al cuerpo y extraer la fuerza total del mismo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La Contemplación Cristiana explicada por un monje cisterciense, Kevin Hunt, en un retiro zen


Padre Kevin Hunt, es monje cristiano en la Abadía de Saint Joseph en Spencer, Massachusetts, desde 1953. En 1970 conoció a Joshu Sasaki Roshi, un Maestro Zen que enseñaba en los Estados Unidos y empezó a practicar el Zen. Ha participado en numerosos encuentros Budista-Cristianos y es miembro del Diálogo Monástico entre Religiones: un grupo de monjes Benedictinos y Cistercienses formado en Norteamérica para promover intercambios y visitas, a veces de varios meses de duración, con monjes Hindús y Budistas de Asia. También ha participado en diversos encuentros con el Dalai Lama.

Tomado de http://www.gatelessgate.org/prison/spanish/contemplacion.html


Extraído de una charla del Padre Hunt en un retiro Cristiano-Budista en el Centro Zen de Providence en Octubre de 1998



La tradición CRISTIANA de oración empieza con Jesús. Sus discípulos vinieron a él y le dijeron: "Señor, enséñanos a orar como Juan el Bautista enseñó a sus discípulos a orar". Esto llevó a la enseñanza del "Padre Nuestro", lo cual es, en varias maneras, una completa expresión vocal u oración oral en la tradición cristiana. Pero no es el único medio de oración cristiana.


Sabemos que desde los primeros tiempos dentro de la iglesia Cristiana la oración y meditación eran consideradas como esenciales. Estos dos términos, oración y meditación, fueron usados por lo general intercambiablemente, donde el primero tiende a enfatizar un modo vocal, conceptualizando una manera de rezar, y el último tiende a ser en silencio. Los Evangelios nos dicen que Jesús frecuentemente iba a las montañas a orar solo.


La firme tradición de tradición de oración y meditación también aparece, por ejemplo, en los Hechos de los Apóstoles, donde leemos que el diácono Felipe tenía cinco hijas que eran vírgenes (que era un estilo de vida al comienzo de de la iglesia) y que ellas se dedicaban completamente a la oración y la meditación. La misma tradición nos dice también que Pedro y Pablo a menudo oraban y meditaban.


Las tradiciones escritas que nos han llegado desde el tiempo inmediatamente después del Nuevo Testamento, frecuentemente hablan de oración y meditación, aún cuando su propósito principal era una apología o controversia. Estás primeras escrituras en la tradición cristiana eran simplemente conferencias o sermones dados por los maestros cristianos y los obispos a la gente corriente. Esto era así inclusive pare escritos que son considerados troy en día bien como muy elevados y esotéricos.


Recuerden que por casi tres siglos, el monasticismo no existió en la tradición cristiana. De manera que cuando estos primeros maestros hablaban de oración, por ejemplo, el autor del Didache, ellos se referían a las personas ordinarias en la iglesia, gente como usted y yo.


Alrededor del año 300 después de Cristo, los primeros cristianos comenzaron a irse al desierto, y convertirse en monjes y monjas. Esto ocurrió simultáneamente en varios países del Medio Oriente; en Siria, lo que era conocido antes como Palestina, y especialmente en Egipto. Mientras la práctica de oración y meditación se intensifica, se edifica una tradición, ya sea en él cristianismo ó él budismo. Casi siempre toma varias generaciones o inclusive siglos pare que esta sabiduría se formalice o quede escrita. Estos primeros monjes cristianos dejaron tal impresión en el mundo conocido de entonces, que los primeros documentos escritos sobre el tema aparecieron dentro de dos décadas y una avalancha pronto les siguió.


Ustedes están hoy aquí tratando de compartir en la experiencia que yo percibo de mi tradición cristiana y los siglos de esfuerzo y meditación que la comunidad aquí en el Centro Zen de Providence conlleva. Existe una tendencia humana a pensar: "Bueno, estoy tratando, pero no estoy teniendo éxito". O: "Esto está sucediendo (ó no) y no lo entiendo..." "¿Que estoy haciendo?; ¿cómo lo estoy haciendo? y ¿Por qué lo estoy haciendo?". Esto es natural, inclusive para alguien como el profeta Elías. Una de las más tempranas realizaciones en la tradición es una mente en silencio.

Los padres y madres del desierto, como fueron llamados los primeros monjes, frecuentemente repiten la historia del profeta Elías (Reyes 1,19). El estaba siendo perseguido por ser fiel a Yahweh, así que él corre hacia el desierto para escapar. Extenuado se tira a descansar bajo un arbusto y se queda dormido. Había salido corriendo tan rápido que no llevaba comida ni agua con él. Un ángel lo despierta y le da un poco de pan y agua diciéndole: "Elías, levántate y come". De manera que él comió y bebió y con la fuerza del pan y él agua siguió su jornada en el desierto por cuarenta días hasta que llegó a Horeb, (el Monte del Señor). Aquí el oye la voz de Dios, quien le pregunta por qué ha venido. Elías responde: "Todo el mundo se ha salido del Camino que nos has enseñado. Yo soy el único que queda y me estoy sintiendo débil también. "¿Que está sucediendo aquí?". (Está es mi propia traducción de Hebreo original, claro está). Así que Dios contesta: "Bueno, no te desesperes. Tengo todo bajo control. Pero para probar que soy el "único verdadero Dios, voy a dejar que me veas". Elías dice: "¿Qué?!".


La tradición en las culturas judaicas y hebreas mantiene que nadie puede ver a Dios y sobrevivir. Elías no supo cómo responder. ¿Debería él ver a Dios y morir?, ó ¿rehusar ver a Dios y vivir?. Se encontró en la encrucijada de un dilema. Entonces Dios dirige a Elías a una pequeña cueva y le dice que se esconda mientras Dios pasa frente a él. La historia continúa diciendo que ocurrió un terremoto, pero que Dios no estaba en el temblor de tierra. Después vinieron truenos y rayos, pero Dios no estaba entre los truenos y rayos. Una tormenta de viento aparece, pero Dios no estaba en la tormenta. Finalmente, se quedó simplemente la quietud de una brisa suave. Cuando él oyó el susurro de la brisa, Elías se quitó su capa y se cubrió la cara gritando: "Yahweh, Yahweh, Señor de los ejércitos..." La voz de Yahweh dijo: "Está bien, puedes salir ahora".

Esa calmada brisa o callado momento antes de crearse la brisa era, para los primeros monjes cristianos, el ideal de la verdadera contemplación. Esta quietud persiste como una corriente constante en la meditación cristiana. Los primeros monjes lo llamaron "una mente silenciosa" ó "pureza de corazón". Por ejemplo, el Señor Juan Casiano, una de las figuras más prominentes en la tradición occidental, usa este término, así como Benito de Nursia, llamado el "Padre del Monasticismo Occidental".


Las personas que hablan griego usaban el término "apatheia". En la primera parte de este siglo, cierta confusión se creó cuando apatheia fue traducido al inglés como "apatía" o "indiferencia". No se habían dado cuenta que era un término técnico que se traducía mejor como "tranquilo" ó "sin disturbio".


Así pues, tenemos tres diferentes palabras en las cual este entendimiento básico llegó a nosotros: Tranquilidad o quietud de mente, pureza de corazón, pureza de pensamiento o apatheia.


Cada ejercicio o práctica que uno hace en oración o meditación, ya sea cantando, recitando oraciones oralmente, o postraciones físicas, están dirigidas a crear un silencio interior, una tranquilidad interna que nos pone en el mismo estado, en la misma condición que experimentó el Profeta Elías. En el silencio podemos ver a Dios cara a cara. Esta apatheia está más allá del pensamiento, más allá de toda descripción. De la emoción... va más allá de la imaginación, de la emoción... va más allá de toda descripción. Simplemente estamos en su presencia. Esto no quiere decir que no estamos conscientes muy a menudo, sabemos quién y qué somos, y quien y que es "Dios".


Como dije antes, todas las prácticas (religiosas) tienen esto como meta. Lo que estaremos haciendo hoy será una instrucción en, y como se le llama comúnmente hoy en día, "experiencia práctica", una eficiente y provechosa manera de volver a esta básica condición donde nos encontramos completamente en la presencia de Dios, del más allá, de lo inmanente (omnipresente). Hay muchas palabras y frases que se usan para describir esto, pero lo que vamos a hacer hoy es ser bien prácticos: Se le va a enseñar cómo sentarse, cómo mantener su cuerpo, cómo respirar; en otras palabras, ustedes aprenderán una técnica, un método.


La tranquilidad mental es uno de los grandes problemas que confrontan los seres humanos. ¿cómo controla usted esto que ocurre aquí arriba en su cabeza?. Los pensamientos saltan de un lado para otro, de adentro hacia afuera, de arriba y de abajo, y éstos a su vez llevan a sus emociones corriendo de aquí para allá, esto está sucediendo... ¡Y aquello también! ¡Increíble!. La gente ha tratado por siglos de pensar en maneras de cómo controlar sus mentes.


Mientras más usted piensa en controlar y en mantener "cosas" bajo control, más el "Yo" tiende a dominar. Pero él "Yo" tiene que desaparecer. Así que, ¿Cómo hacemos esto?


La mejor manera de conseguirlo es simplemente volver a un punto. Solo vuelva a un punto, una y otra vez. Después de cierta cantidad de práctica volviendo calladamente a un punto, uno mismo descubre que todo este corre-corre dentro del cerebro (ese diálogo que es como un disco roto dentro de la cabeza) realmente no es tan importante. Entonces se comienza a dejar ir, y se calla por sí solo. Al caerse (callarse), usted descubre espacio. En estos espacios no existe el "Yo", o el "mío" o el "tú". No hay un arriba y abajo, ni un adentro y afuera. Simplemente la consciencia de la presencia. El trabajo de hoy va a salir bien. Cómo dije antes, una "experiencia práctica", con una manera definida de hacerlo: descubriendo como sentarse, cómo caminar, como guardar silencio, etc. ; Yo vengo de una tradición, los Trapenses, de silencio absoluto. A Un monje Tibetano le preguntaron, que le habían enseñado cuando él entró en el monasterio. El contestó: "Pasé los primeros seis meses aprendiendo a cerrar la puerta calladamente". Eso es una exageración, aunque él probablemente fue corregido un poco por haber golpeado las puertas. Merton encontró en el silencio algo con lo que él tenía que trabajar. Sin embargo, más importante, silencio exterior no tiene uso sin el silencio interior. Uno de los primeros maestros en mi tradición, un inglés de nombre Aelred de Rievaulx (del siglo XII), en uno de sus sermones a sus monjes, dijo: "¿Cuál es el uso de tener un monasterio callado si no se tiene una mente en silencio?".


Así que hoy estamos en un monasterio silencioso. Hoy, vamos a experimentar el callar y el silencio tal y como Elías lo experimentó. Quizás los desconcierte la experiencia. Se van a sorprender al encontrar tanto ruido dentro de ustedes mismos. No dejen que eso los perturbe. La atmosfera callada y la práctica silenciosa que ustedes aprenderán hoy no la podrán dominar en un solo día. Pero, si la dejan trabajar en ustedes, les va a ensenar finalmente cómo ser puro de corazón, tranquilo de mente, y vivir en apatheia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El Zen me ha encontrado, testimonio de un monje cisterciense sobre su experiencia en un monasterio zen japonés.




Bernard-Joseph Samain, ocso
Abbaye N.-D. D'Orval
Collectanea Cisterciensia 62 (2000) 287-290


Hace dos años tuve la oportunidad de ser acogido durante unas semanas en la vida cotidiana de los monasterios zen en Japón. Esto ocurría en el marco de los Intercambios espirituales que desde hace unos veinte años se vienen realizando en Europa y Japón. Monjes cristianos y budistas se ofrecen una mutua hospitalidad dentro del ámbito de sus vidas. La originalidad de estos encuentros reside en esta convicción ¡sea zen... sea cristiana!: lo más importante no es la discusión teológica, sino conocerse, respetarse, acogerse en el ambiente real de la vida ordinaria de cada día y en la experiencia espiritual que lo anima.

La invitación para participar en este intercambio espiritual fue para mí totalmente inesperada. En abril de 98, y después de algunas vacilaciones, me atreví a abrirme a la aventura que se me proponía, aceptando "salir" sin saber dónde me iba a llevar. Se imponía un primer paso: adquirir un cojín y comenzar a ejercitarme cada día en "sentarme", inmóvil, en la posición tan característica de los monjes zen; durante cinco, diez minutos... y, progresivamente, hasta media hora o tres cuartos. Entrar en el juego del encuentro y de la hospitalidad que se ofrecía, exigía de mi parte una preparación y entrenar mi cuerpo para que fuese capaz de participar, tanto como me fuera posible, en este ejercicio clave en un monasterio zen.


No voy a contar aquí los altibajos de mi aprendizaje. Intentaré decir sencillamente alguna cosa de lo que esta práctica ha aportado y modificado en mí. En un palabra, la práctica de sentarse (en japonés se dice "zazen", el "zen sentado") me ha dado un silencio del cuerpo mayor de lo que yo conocía hasta entonces. Y si ahora quiero ser fiel a esta práctica, es porque va calando en mí este silencio, un silencio que se enraíza en mi cuerpo y trae un fruto de unificación a toda mi vida.

El pasaje bíblico que el zen ha reavivado más en mí es sin duda el texto de la carta a los Hebreos (10, 5-10): "Al entrar en este mundo dice Cristo: Me has formado un cuerpo... Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad". Escucho como un eco las palabras de poeta Mandelstam:

De un cuerpo se me ha hecho don
¿Qué hacer de este bien?,
¿qué hacer de este cuerpo tan único y tan mío?

"Sentarme, simplemente sentarme", en la acogida de mi cuerpo, este cuerpo que yo recibo, como un don. Por él me convierto "corporalmente" en hermano de Jesús: no "pienso" en él, le alcanzo por dentro, por la actitud interior, intentando estar con él, y como él, silencioso ante el misterio de mi ser, el misterio de la Vida, ante el Misterio.


Quisiera mostrar un poco los diferentes componentes de esta práctica corporal y espiritual, fruto de mi encuentro "intra-religioso". Por medio de este adjetivo (inventado por R. Panikkar), quiero decir que llevo en mí, en mi cuerpo, el encuentro zen y el cristianismo. El trabajo del diálogo se lleva a cabo dentro de mí, y en cierta manera en mi ignorancia, después a destiempo) fuera de tiempo) compruebo los beneficios. ¿Qué pasa cuando "me siento", cuando me ejercito en permanecer sentado? ¿Qué frutos se dan en mi cuerpo, en mi vida? ¿Qué actitud espiritual se refuerza?


Practicar el zazen, es ejercitarse en vivir una postura, un gesto global del cuerpo y de todo el ser. Inten-taré aquí caracterizarlo en sucesivas pinceladas:

• Una postura de simplicidad, o de humildad: permanezco en el suelo, por tierra, como un niño, aco-giendo la gracia primera de estar allí, viviendo, respirando.

• Una postura de parada: renuncio moverme, inquietarme, hacer. Delimito, con una clausura temporal un espacio, durante el cual no haré nada, no tengo nada que hacer, resisto a toda tentativa de inva-sión en este espacio de libertad. Y detengo la "locomotora interior".


• Una postura de abandono: me dejo llevar de todo mi peso, me apoyo en el suelo, me desato, abro la mano, dejo caer, suelto recuerdos y pensamientos, proyectos y disgustos, todo lo que me ata, me ocupa, me estorba y parlotea en mí.

• Una postura de acogida de todo lo real que me rodea: permanezco con los ojos abiertos, los oídos abiertos, las palmas abiertas, los hombros y el cuerpo abiertos (sin recovecos, ni cierres: recogerse no es aislarse o perder el contacto con el entorno).

• Una postura de atención y de vigilancia: dejo mi cuerpo erguirse desde dentro, dejarse suscitar del interior y buscar la verticalidad. Y estar dispuesto, presente aquí y ahora, acogiendo el instante pre-sente, acogiendo todo lo que se presenta, abriéndose, ofreciéndose en presente a lo que se presenta en él.


• Una postura de reposo, de "vacación", de "tiempo libre": como María (la hermana de Marta), que se está "sentada", que simplemente escucha, que no se agita, ni se pierde en la multiplicidad de tareas, permanece centrada en lo único necesario. A San Bernardo el gustaba comentar esta escena, en uno de sus sermones se encuentran estas palabras: "Hermano, te conviene permanecer sentado, como María". ¿Confesaré que he recibido esta exhortación de su parte como un estímulo personal para investirme en esta práctica de la sentada? Lo que aprendí de mis hermanos monjes zen toca mi vida cisterciense y se integra en este impulso que me habita. Lo que he escuchado de mis padres cistercienses: "En todas la cosas, he buscado la quietud", y se encuentra en consonancia con los consejos llegados de Oriente. Lo expresaría con estas palabra del poeta Guillevic: "Aprende a no hacer nada / Vivir la nada" o aún, "Estar, simplemente estar".
En este reposo del cuerpo, me dejo llevar por el ritmo de la respiración, por el soplo que mi cuerpo suelta sin cesar para recibirlo de nuevo, adherirse así al gran ritmo del viviente, recibiendo la vida para devolverla: "Padre en tus manos pongo mi aliento)".

Comulgando misteriosamente en la Fuente de mi ser, aprendo a vivir en comunión con todo buscador de Dios. "El desconocido / Es nuestro domicilio", decía Guillivic. Nuestro domicilio para todos nosotros, humanos. Porque, primero este "desconocido" fue el domicilio de Jesús, permaneciendo en él en la oscuri-dad de la fe.

Poco a poco, compruebo que crece en mí una doble unificación. Primero en mi vida personal: lo que afecta al cuerpo durante la sentada repercute en todos los gestos, en todos los tiempos, sea sentado en el oficio, de pie, andando, cantando, o escuchando una conferencia... Es mi forma de ser, de estar presente con mi cuerpo la que se encuentra modificada.


Crece también una unidad con los seres humanos, todos, sea cual sea su religión, su cultura, etc. El zazen, esta práctica corporal extensamente practicada, pacientemente reflexionada y puesta a punto a lo largo de los siglos en el mundo del extremo-oriente, representa un regalo para el hombre. Para todos nosotros que tenemos un cuerpo en común, vivimos en un cuerpo, un cuerpo habitado por un deseo de oración, un cuerpo que busca volverse oración. Trabajar para hacer que mi cuerpo esté disponible en la oración, me hace más solidario con el deseo de crecimiento espiritual que traspasa toda la humanidad.

Me gustaría terminar dejando resonar la voz de Etty Hillesum:

Después de la guerra, quiero recorrer los diferentes países de tu mundo, Dios mío, siento en mí esta necesidad de franquear todas la fronteras y descubrir el fondo común de todas las creaturas, tan diferentes y tan opuestas entre sí. Querría hablar de este fondo común con una vocecita dulce, pero incansable y persuasiva. Dame las palabras y la fuerza. (Diario, 24, septiembre, 1942).

Escucho el eco de la voz del Concilio y su preocupación por examinar "ante todo, aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad".


La práctica del zazen me ayuda a responder a esta llamada que la Nostra aetate nos ha dirigido a todos "en nuestra época". El diálogo interreligioso "incorporado", asumido en mi cuerpo de carne, me ayuda a convertirme conscientemente en un ciudadano de esta edad planetaria, que exige una nueva solidaridad. Esto es una extensión de lo ocurrido en Jesús, este hombre único entre los hombre (Ecce homo). En el seguimiento de nuestro hermano mayor, libremente hecho carne en el cuerpo de todo hombre, puedo decir: "Soy nada más que hombre" (Montaigne), o incluso: "Soy humano, y considero que nada de lo que es humano me es extraño" (Terencio).

De los sermones de San Bernardo, abad (Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2) Ha aparecido la bondad de Dios... y su amor al hombre.




Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este destierro, de esta miseria.

Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver; por lo que muchos no creían en ella. Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios por los profetas. Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero ¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: «Paz, paz», y no hay paz? A causa de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio? Pero ahora los hombres tendrán que creer a sus propios ojos, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles. Pues para que ni una vista perturbada pueda dejar de verlo, puso su tienda al sol.

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino de su realidad; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Y que un niño se nos ha dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de divinidad. Vino en carne mortal para que, al presenta así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán, es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado.

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes, tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por, su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido -dice el Apóstol- la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios

lunes, 21 de diciembre de 2009

El Papa Benedicto XVI habla sobre San Bernardo


Audiencia General

21- Octubre-2009

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero hablar sobre san Bernardo de Claraval, llamado el "último de los Padres" de la Iglesia, porque en el siglo XII, una vez más, renovó e hizo presente la gran teología de los Padres. No conocemos con detalles los años de su juventud, aunque sabemos que nació en el año 1090 en Fontaines, en Francia, en una familia numerosa y discretamente acomodada. De joven, se entregó al estudio de las llamadas artes liberales —especialmente de la gramática, la retórica y la dialéctica— en la escuela de los canónigos de la iglesia de Saint-Vorles, en Châtillon-sur-Seine, y maduró lentamente la decisión de entrar en la vida religiosa. Alrededor de los veinte años entró en el Císter, una fundación monástica nueva, más ágil respecto de los antiguos y venerables monasterios de entonces y, al mismo tiempo, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos. Algunos años más tarde, en 1115, san Bernardo fue enviado por san Esteban Harding, tercer abad del Císter, a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). Allí el joven abad, que tenía sólo 25 años, pudo afinar su propia concepción de la vida monástica, esforzándose por traducirla en la práctica. Mirando la disciplina de otros monasterios, san Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y la solicitud por los pobres. Entretanto la comunidad de Claraval crecía en número y multiplicaba sus fundaciones.

En esos mismos años, antes de 1130, san Bernardo inició una vasta correspondencia con muchas personas, tanto importantes como de modestas condiciones sociales. A las muchas Cartas de este período hay que añadir numerosos Sermones, así como Sentencias y Tratados. También a esta época se remonta la gran amistad de Bernardo con Guillermo, abad de Saint-Thierry, y con Guillermo de Champeaux, personalidades muy importantes del siglo XII. Desde 1130 en adelante empezó a ocuparse de no pocos y graves asuntos de la Santa Sede y de la Iglesia. Por este motivo tuvo que salir cada vez más a menudo de su monasterio, en ocasiones incluso fuera de Francia. Fundó también algunos monasterios femeninos, y fue protagonista de un notable epistolario con Pedro el Venerable, abad de Cluny, del que hablé el miércoles pasado. Dirigió principalmente sus escritos polémicos contra Abelardo, un gran pensador que inició una nueva forma de hacer teología, introduciendo sobre todo el método dialéctico-filosófico en la construcción del pensamiento teológico.

Otro frente contra el que san Bernardo luchó fue la herejía de los cátaros, que despreciaban la materia y el cuerpo humano, despreciando, en consecuencia, al Creador. Él, en cambio, sintió el deber de defender a los judíos, condenando los rebrotes de antisemitismo cada vez más generalizados. Por este último aspecto de su acción apostólica, algunas decenas de años más tarde, Ephraim, rabino de Bonn, rindió a san Bernardo un vibrante homenaje. En ese mismo periodo el santo abad escribió sus obras más famosas, como los celebérrimos Sermones sobre el Cantar de los cantares. En los últimos años de su vida —su muerte sobrevino en 1153— san Bernardo tuvo que reducir los viajes, aunque sin interrumpirlos del todo. Aprovechó para revisar definitivamente el conjunto de las Cartas, de los Sermones y de los Tratados. Es digno de mención un libro bastante particular, que terminó precisamente en este período, en 1145, cuando un alumno suyo, Bernardo Pignatelli, fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. En esta circunstancia, san Bernardo, en calidad de padre espiritual, escribió a este hijo espiritual suyo el texto De Consideratione, que contiene enseñanzas para poder ser un buen Papa. En este libro, que sigue siendo una lectura conveniente para los Papas de todos los tiempos, san Bernardo no sólo indica cómo ser un buen Papa, sino que también expresa una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que desemboca, al final, en la contemplación del misterio de Dios trino y uno: "Debería proseguir la búsqueda de este Dios, al que no se busca suficientemente —escribe el santo abad—, pero quizá se puede buscar mejor y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión. Pongamos, por tanto, aquí término al libro, pero no a la búsqueda" (XIV, 32: PL 182, 808), a estar en camino hacia Dios.

Ahora quiero detenerme sólo en dos aspectos centrales de la rica doctrina de san Bernardo: se refieren a Jesucristo y a María santísima, su Madre. Su solicitud por la íntima y vital participación del cristiano en el amor de Dios en Jesucristo no trae orientaciones nuevas en el estatuto científico de la teología. Pero, de forma más decidida que nunca, el abad de Claraval relaciona al teólogo con el contemplativo y el místico. Sólo Jesús —insiste san Bernardo ante los complejos razonamientos dialécticos de su tiempo—, sólo Jesús es "miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón" (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum)". Precisamente de aquí proviene el título, que le atribuye la tradición, de Doctor mellifluus: de hecho, su alabanza de Jesucristo "fluye como la miel". En las intensas batallas entre nominalistas y realistas —dos corrientes filosóficas de la época— el abad de Claraval no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. "Árido es todo alimento del alma —confiesa— si no se lo rocía con este aceite; insípido, si no se lo sazona con esta sal. Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo allí a Jesús". Y concluye: "Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús" (Sermones in Cantica canticorum xv, 6: PL 183, 847). Para san Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto, queridos hermanos y hermanas, vale para todo cristiano: la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto nos suceda a cada uno de nosotros!

En otro célebre Sermón en el domingo dentro de la octava de la Asunción, el santo abad describe en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. "¡Oh santa Madre —exclama—, verdaderamente una espada ha traspasado tu alma!... Hasta tal punto la violencia del dolor ha traspasado tu alma, que con razón te podemos llamar más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó con mucho en intensidad los sufrimientos físicos del martirio" (14: PL 183, 437-438). San Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos llevados a Jesús. Él atestigua con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional. Pero el cuerpo del Sermón documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación, dada su particularísima participación como Madre (compassio) en el sacrificio del Hijo. Por eso, un siglo y medio después de la muerte de san Bernardo, Dante Alighieri, en el último canto de la Divina Comedia, pondrá en los labios del Doctor melifluo la sublime oración a María: "Virgen Madre, hija de tu Hijo, / humilde y elevada más que cualquier criatura / término fijo de eterno consejo, ..." (Paraíso 33, vv. 1 ss).

Estas reflexiones, características de un enamorado de Jesús y de María como san Bernardo, siguen inspirando hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes. A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo únicamente con las fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. La teología remite a la "ciencia de los santos", a su intuición de los misterios del Dios vivo, a su sabiduría, don del Espíritu Santo, que son punto de referencia del pensamiento teológico. Junto con san Bernardo de Claraval, también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios "con la oración que con la discusión". Al final, la figura más verdadera del teólogo y de todo evangelizador sigue siendo la del apóstol san Juan, que reclinó su cabeza sobre el corazón del Maestro.

Quiero concluir estas reflexiones sobre san Bernardo con las invocaciones a María que leemos en una bella homilía suya: "En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres —dice— piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta..." (Hom. ii super "Missus est", 17: PL 183, 70-71).

viernes, 18 de diciembre de 2009

El ayuno, un camino solidario de madurez humana y espiritual


Por José Eizaguirre SM

Tomado de http://www.marianistas.org/justiciaypaz/Materiales/Ayuno-oracion/Recuperar%20el%20ayuno%20VN%20Definitivo.pdf



Estas páginas han sido escritas desde la modesta experiencia de quien comenzó ayunando en solidaridad con los hambrientos y ha ido progresivamente descubriendo la rica variedad de dimensiones del ayuno cristiano. La intención ha sido la de ayudar a comprender esa riqueza e invitar a introducirse en ella.

Bertolt Brecht, en una interesante escena de teatro, representa a Galileo invitando a los sabios de su época a mirar por el telescopio que había construido y a cerciorarse por ellos mismos de la existencia de los satélites de Júpiter. Sin embargo, los sabios se niegan a mirar, argumentando que eso es imposible: “Tal vez sepa usted que, según las hipótesis de los antiguos, no existen ni estrellas que giran alrededor de otro centro que no sea la Tierra ni astros en el cielo que no tengan su correspondiente apoyo”. La insistencia de Galileo es inútil; los sabios “saben” que no puede haber dichos satélites y consideran inútil toda prue-
ba: “¡ni una palabra más!”.

La escena, leída con los ojos de nuestra época, tiene mucho de tragicómica. Si me he permitido citarla es porque algo parecido puede pasarnos con el tema del ayuno. ¿Para qué hablar de sus bondades si “sabemos” de antemano que no va con nosotros? ¿Por qué habríamos de probarlo –honradamente, sin engañarnos– si “sabemos” que no vamos a pasar de la prueba?

¿Por qué habríamos de intentarlo? Bueno, porque otros lo han llevado a cabo y con buen provecho. Porque durante siglos toda la Iglesia lo ha ejercido de forma natural viviendo su sentido purificador. Porque grandes figuras de todos los tiempos lo han practicado y recomendado. Y porque hoy se está recuperando con una intención renovada que añade el aspecto profético y solidario a las dimensiones de siempre. Y, en último término, porque nos fiamos de quienes han encontrado en el ayuno un medio positivo de crecimiento en la vida personal y de fe y un instrumento de compasión, denuncia y solidaridad ante los sufrimientos injustos de la humanidad.





Y para que estas líneas no se queden en un brindis al sol, he aquí una propuesta concreta:


- Empezar por prescindir de una comida al mes (o a la semana). Puede ser el desayuno, la comida o la cena, pero es bueno que siempre sea la misma, para que su regularidad nos recuerde de manera más efectiva el gesto que estamos haciendo. Y es que en nuestro ritmo de vida es fácil que haya días en que nos saltamos una comida: una noche que llegamos tarde a casa y nos acostamos directamente sin cenar, un día que no desayunamos porque no nos da tiempo o porque la noche anterior cenamos demasiado… Evidentemente, no se trata de eso.

- Dedicar a la oración el tiempo de esa comida. Lo que se propone no es sustituir el rato que antes dedicábamos a comer por un tiempo empleado en trabajar más o en hacer más cosas. ¡Ya hacemos bastante durante el resto del día! La intención es que nuestro ayuno nos vuelva hacia Dios, que nos recuerde que sin Él no podemos hacer nada, que nos ayude a reconocernos limitados e impotentes y a confiar en Él un drama que nos desborda.

- Acrecentar la limosna. No se trata sólo de calcular el dinero que nos ahorramos dejando de comer sino de aprovechar la ocasión para un plus de generosidad en nuestra comunicación cristiana de bienes, especialmente dirigida esta vez a instituciones que trabajan por combatir el hambre en el mundo. Que nuestro ayuno sirva efectivamente para que otros no tengan que ayunar.

Esta propuesta puede considerarse tanto individual como comunitariamente.

Y se invita además a revisarla periódicamente, descubriendo hasta qué punto vamos integrando el ayuno en nuestra vida. Porque si somos constantes poco a poco iremos pasando del gesto al hábito, de modo que lo que empieza siendo un gesto extraordinario se convierta en un hábito integrado en nuestra vida. Será entonces, quizás, el momento de plantearnos un paso más.

Y un último recordatorio: lo que se propone no es “rezar una vez al mes (o a la semana) por la justicia y la paz en solidaridad con los hambrientos”, sino “hacer una vez al mes (o a la semana) un ayuno solidario, rezando por la justicia y la paz”. No se trata de añadir más oración y más reflexión a nuestra vida sin más. Si nuestra oración y reflexión no nos hace cambiar nuestro estilo de vida, aunque sea un poquito, mejor dejar de rezar y de reflexionar. Si no somos capaces de privarnos de nada en nuestra preocupación por la justicia, nos pasará como al imprudente del Evangelio, que empezó a construir sin darse cuenta de lo inútil de su esfuerzo.

Pero si nuestra preocupación por la justicia nos hace cambiar en cosas chiquitas, entonces vamos por buen camino. Y ya conocemos la cita de Eduardo Galeano:

Son cosas chiquitas.

No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo,

no socializan los medios de producción,

y, de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá.

Pero quizás desencadenen la alegría del hacer y la traduzcan en actos.

Y, al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito,

es la única manera de probar que la realidad es transformable.

Y la mejor manera de probar que la realidad es transformable es mostrar que nosotros lo somos. Merece la pena intentarlo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Ante el regreso de la abadía cisterciense alemana de Mariawald al rito preconciliar, unas reflexiones de Joan chittister sobre esta vuelta atrás.

Misa preconciliar en Mariawald

Tomado de http://www.atrio.org/?p=829

Por Joan Chittister, monja benedictina.

Si algunas personas prefieren la Misa en latín en vez de en el idioma local, ¿por qué no? La respuesta depende de cómo entendamos que la Misa articula la esencia de la fe cristiana. La Misa en latín, por ejemplo, en la que el sacerdote celebra la Eucaristía de espaldas a la gente, en un idioma extranjero –la mayor parte en silencio o, como mucho, en voz baja– convierte a la comunidad, a los laicos, en observadores del rito en vez de hacerles participantes del mismo. El celebrante es el centro del proceso, el ser humano especial, aquel para el que Dios es una especie de dominio privado exclusivo.

La simbología de un celebrante solitario, alejado de la comunidad e independiente de ella, es muy clara: las personas ordinarias no tienen acceso a Dios. Dependen completamente de una casta especial de hombres que contactan con Dios en su nombre. Ellos “no son dignos” de recibir la hostia, o como dice ahora la liturgia, ni siquiera de que Jesús “entre en su casa”. La Eucaristía en estas circunstancias no es ciertamente una celebración de la comunidad. Es un acto sacerdotal, una devoción privada tanto del sacerdote como de los fieles, que está integrada sólo por tres ‘partes principales’ –el ofertorio, la consagración y la comunión. La Liturgia de la Palabra –la explicación de lo que significa vivir la vida del Evangelio– es en el rito tridentino un elemento secundario en el mejor de los casos.

En la Misa en latín el sentido del misterio –de misterioso– el conjuro de un idioma “celestial” en vez de “vulgar” tanto en las oraciones como en los cantos, resalta una teología de la transcendencia. Saca a la persona del caos rutinario, polvoriento, ruidoso y agobiado de la vida diaria y la eleva a otro mundo. Nos recuerda el mundo venidero –hermoso, desconcertante, jerárquico, perfumado– y hace que este quede distante. Nos lleva más allá del presente, nos permite, aunque sólo sea por un rato, ‘librarnos de las ataduras de la tierra’ para entrar en un mundo más místico que mundano. Privatiza la vida espiritual. La Misa tridentina es una liturgia ‘de Dios y yo’.


La elección entre estas dos liturgias diferentes pone a la iglesia en un nuevo cruce de caminos: uno más abierto, más ecuménico, más comunitario, más prosaico que el otro. La cuestión es cuál de los dos tiene más probabilidades de crear el mundo que Jesús nos presenta y con el que nosotros soñamos. Hay muchas más cuestiones con las que nos enfrentaremos como resultado de esta nueva curva en la carretera litúrgica ... Las cuestiones teológicas que merodean bajo el incienso y quedan oscurecidas por el idioma son mucho más serias que todo eso. Cuestionan lo que realmente es bueno para la iglesia: ¿el ecumenismo o los guetos eclesiásticos?, ¿altares y barandillas que cierran el presbiterio?, ¿mística o misterio?, ¿tanta encarnación como divinidad?, ¿espiritualidad comunitaria o privada
?